¡Hola! ¿Cómo estáis?
Hoy quiero compartir
con vosotros un relato que escribí hace unos meses. Lo presenté a un concurso
que pedía una historia ambientada en la ciudad de Frías (Burgos), así que tuve
que adaptarme a unas características concretas. Una vez más, no gané, pero me
ha hecho mucha ilusión sumar una nueva historia a mis escritos. Y, sobre todo,
comprobar que pude crearla dentro de un plazo marcado; eso siempre me impulsa a
seguir adelante.
Lo cierto es que es
distinto a lo que suelo escribir; un género en el que hasta ahora no me había
sumergido: fantasía. No llega a ser fantasía pura, pero sí tiene un toque
mágico que nace de las tradiciones reales de Frías. Podría decirse que es fantasía
juvenil mezclada con realismo mágico; una historia donde la emoción y el ambiente
hacen de pasadera entre lo real y lo imaginario.
Es la historia de una
noche en Frías, vista a través de los ojos de un niño que siente que la fiesta
lo elige a él.
Lo titulé: “EL ANFITRIÓN DE FRÍAS”.
Deseo que os guste. Para mí fue todo un reto.
Había pensado en ello
un millón de veces, pero aquella noche lo sintió más real que nunca. Se miró
ante el espejo y estaba vestido de rojo, con una espada en su mano derecha; la
emoción lo invadía. Se dispuso a bajar las escaleras hasta que salió del portal
con una seguridad que no había sentido antes. Sabía muy bien dónde se dirigía.
La calle empedrada no era un obstáculo, como tampoco la cuesta empinada que
llevaba al Castillo. Abajo, en la plaza, los vecinos tenían todo preparado para
la Fiesta del Capitán: farolillos de colores, cintas rojas que cruzaban de
balcón a balcón, tambores que probaban su eco entre las casas colgadas… Y una
luna llena espléndida que iluminaba todo con su brillo. Se sentía como si aquel
lugar contuviera la respiración para lo que estaba a punto de comenzar: era la
víspera de San Juan.
Mateo
tenía memorizada la ruta a la perfección. Caminaba erguido, orgulloso, con
confianza. Cuando llegó a la plaza, sintió que no estaba solo, los vecinos lo
aclamaban como si fuera uno de los héroes de las historias que su abuelo le
contaba cuando era pequeño, junto al fuego: el Capitán había llegado. Continuó recorriendo
la calle del Mercado, bajando
hasta el puente medieval y volviendo a subir después, todo ello acompañado de
danzantes y músicos. Además, podía oír a una decena de caballos enjaezados a
su espalda, a trote perfectamente acompasado. Mateo continuó el trayecto que ya
parecía haberse marcado. Lo había trazado en su mente en numerosas ocasiones y
sabía muy bien dónde se encontraba: en su ciudad; la más pequeña de España,
pero era su ciudad. Frías, con apenas trescientos habitantes, pero la que
sentía suya, la única que consideraba especial. Era como si sintiese que seguía
una ruta ya diseñada por alguien en el pasado, y sabía que, de alguna manera,
así era. Como quien expone una obra maestra, Mateo señalaba cada atajo
describiendo lo que significaba. Casi no podía creer que fuera él el que
empuñaba esa espada y guiaba a sus paisanos por cada callejuela de su ciudad
natal; acompañado del sonido de las gaitas afinándose y el tamborileo de los
danzantes actuando en cada rincón de las calles. Los danzantes era su parte
favorita. Vestidos con camisas blancas, fajas rojas y cintas que les caían de
los hombros, se movían con una precisión que parecía magia. Saltaban, giraban,
golpeaban los palos al ritmo de la música, y cada toque resonaba en las paredes
como un latido antiguo. Mateo se quedó un rato mirándolos, fascinado. Uno de
ellos, un muchacho joven, le guiñó un ojo mientras hacía un giro perfecto.
−Algún
día bailarás con nosotros −le dijo−. O quizá nos regirás tú.
Él
no sabía por qué utilizó ese “quizás”, si ya se sentía el dueño de la fiesta.
Tenía muy clara su misión y por qué había pensado en ello tantas veces. Siguió
caminando, mirando al frente, sintiendo que estaba haciendo algo bueno para los
suyos, y reviviendo lo que en siglos anteriores habían hecho en la misma fecha
cada año. Sabía que era un momento épico, típico de la ciudad, y estaba
orgulloso de poder ser el protagonista de tal tradición. La gente vestía de
rojo, todo el mundo muy bien conjuntado, mientras que recorrían los lugares con
ilusión. Mateo no buscaba a su “Capitana”; su objetivo era otro. Caminó sin
parar, hasta que al fin llegó al destino que deseaba. De pronto, un hombre de
edad avanzada se le acercó y le preguntó por qué estaba ahí, cuando tenía que
estar en su casa, durmiendo. No tenía edad para estar en aquel lugar, mucho
menos con una “espada” de ese calibre en sus manos. Mateo no entendía nada de
lo que le estaba diciendo. Él era el Capitán, el que más derechos tenía de
estar ahí. De repente, se miró sus manos, así como la espada que sostenía, y
seguía sin entender. Después, volvió a mirar a aquel hombre. Tratando de averiguar
lo que estaba ocurriendo.
−¿Por
qué quieres formar parte de esto?
Mateo
no dudó un segundo.
−Porque
quiero hacer feliz a los que me rodean, y en estas fiestas todo el mundo sonríe
al Capitán. El Capitán consigue que la gente esté contenta. Me gusta saber que
soy el anfitrión de esto y, de alguna manera, el culpable de las sonrisas de
mis vecinos.
El
anciano quedó sorprendido por aquella respuesta. Se le acercó y, tratando de
quitarle el arma que sostenía entre sus manos, Mateo se resistió a soltarla. Lo
miró como suplicando que le dejara continuar y que le permitiera inaugurar las
mejores fiestas que conocía. El hombre no tardó en entenderlo. Se echó a un
lado, y dejó que se acercase a su verdadero objetivo, ese que tanto había
deseado. Se puso frente a él y miró al anciano entregándole, ahora sí, la
espada.
−Adelante.
¿Quieres intentarlo?
Mateo
sintió algo muy especial y, sin dar crédito a lo que estaba a punto de ocurrir,
se dispuso a hondear la bandera. Lo hizo con tantas ganas e ímpetu, que todo el
vecindario rompió aquel silencio con aplausos y silbidos: estaban orgullosos de
su nuevo Capitán. Mateo observó a su alrededor, era mucho mejor de lo que
habría podido imaginar. Simbolizaba para él toda la lucha que sus antepasados
llevaron a cabo con honor y orgullo. Era amor por su tierra y por la historia
que existía detrás de aquel símbolo.
Cuando
terminó, el anciano le revolvió el pelo.
−Recuerda
esto, Mateo: un Capitán no es quien hondea mejor la bandera, es quien lo hace con
el corazón y por su gente. Ahora quizás es pronto, pero mantén esa sensibilidad
y no la pierdas. Frías estará orgullosa de tener algún día a alguien como tú de
Capitán.
Él no
pronunció una palabra, seguía sin comprender por qué hablaba en futuro. Él ya
era el Capitán. Levantó la vista hacia el castillo y la torre del homenaje
brillaba como si estuviera hecha de plata. La luna era testigo de las mejores
fiestas de la ciudad. Las murallas proyectaban sombras largas que parecían
guardianes antiguos. El puente medieval, allá abajo, reflejaba la luz del
satélite como un arco de cristal.
Frías
entera parecía viva.
Mateo
quiso volver a hondear la bandera, pero sintió algo que hizo que lo paralizara.
No entendía qué ocurría, pero era como si estuviera perdiendo las fuerzas y
necesitara descansar. El sueño le vencía y se rindió ante aquella conmoción.
Buscó al anciano y había desaparecido entre la gente, igual que sus vecinos. De
pronto, la música y la fiesta parecían desvanecerse muy despacio. Era como si toda
aquella imagen se difuminara ante él, sin poder evitarlo.
Cuando
abrió los ojos, estaba de vuelta en su habitación. Se miró las manos y
pertenecían a las de un chico de ocho años; la edad que tenía. Solo era un
niño. Un crío de ocho años que había soñado con pertenecer a aquel evento
mágico.
Le decepcionó darse cuenta de que la vida volvía a ser la misma. Su madre no tardaría en llamarlo para ir a misa y, después, era consciente de que sería otro hombre el que caminaría por las calles para hondear la bandera. Quizás sin la espada que él había imaginado sostener en sus manos. Pero otro Capitán al que los vecinos iban a admirar y aclamar, como le habían aplaudido a él hacía unas horas; aunque solo hubiera sido en sus sueños. Algún día, tal vez, podría ser él quien vestiría de rojo y haría sonreír a sus vecinos. Tal y como le dijo el anciano en su fantasía. Ese era su deseo: sentir que los que le rodeaban eran felices al sentir su presencia. Y tendría el poder para lograrlo. Estaba convencido de que algunos sueños nacen grandes, pero otros solo pueden surgir y hacerse realidad bajo la luz de la luna de Frías.
¿Qué os ha parecido? Espero
vuestros comentarios.
Por hoy me despido.
Gracias por estar ahí.
Hasta el martes que
viene. ¡Feliz semana!
PD: Nunca dejéis de
soñar.

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