martes, 21 de julio de 2026

RELATO: "EL ANFITRIÓN DE FRÍAS"

  ¡Hola! ¿Cómo estáis?

  Hoy quiero compartir con vosotros un relato que escribí hace unos meses. Lo presenté a un concurso que pedía una historia ambientada en la ciudad de Frías (Burgos), así que tuve que adaptarme a unas características concretas. Una vez más, no gané, pero me ha hecho mucha ilusión sumar una nueva historia a mis escritos. Y, sobre todo, comprobar que pude crearla dentro de un plazo marcado; eso siempre me impulsa a seguir adelante.

  Lo cierto es que es distinto a lo que suelo escribir; un género en el que hasta ahora no me había sumergido: fantasía. No llega a ser fantasía pura, pero sí tiene un toque mágico que nace de las tradiciones reales de Frías. Podría decirse que es fantasía juvenil mezclada con realismo mágico; una historia donde la emoción y el ambiente hacen de pasadera entre lo real y lo imaginario.

  Es la historia de una noche en Frías, vista a través de los ojos de un niño que siente que la fiesta lo elige a él.

  Lo titulé: “EL ANFITRIÓN DE FRÍAS”. 

  Deseo que os guste. Para mí fue todo un reto. 



Había pensado en ello un millón de veces, pero aquella noche lo sintió más real que nunca. Se miró ante el espejo y estaba vestido de rojo, con una espada en su mano derecha; la emoción lo invadía. Se dispuso a bajar las escaleras hasta que salió del portal con una seguridad que no había sentido antes. Sabía muy bien dónde se dirigía. La calle empedrada no era un obstáculo, como tampoco la cuesta empinada que llevaba al Castillo. Abajo, en la plaza, los vecinos tenían todo preparado para la Fiesta del Capitán: farolillos de colores, cintas rojas que cruzaban de balcón a balcón, tambores que probaban su eco entre las casas colgadas… Y una luna llena espléndida que iluminaba todo con su brillo. Se sentía como si aquel lugar contuviera la respiración para lo que estaba a punto de comenzar: era la víspera de San Juan.

Mateo tenía memorizada la ruta a la perfección. Caminaba erguido, orgulloso, con confianza. Cuando llegó a la plaza, sintió que no estaba solo, los vecinos lo aclamaban como si fuera uno de los héroes de las historias que su abuelo le contaba cuando era pequeño, junto al fuego: el Capitán había llegado. Continuó recorriendo la calle del Mercado, bajando hasta el puente medieval y volviendo a subir después, todo ello acompañado de danzantes y músicos. Además, podía oír a una decena de caballos enjaezados a su espalda, a trote perfectamente acompasado. Mateo continuó el trayecto que ya parecía haberse marcado. Lo había trazado en su mente en numerosas ocasiones y sabía muy bien dónde se encontraba: en su ciudad; la más pequeña de España, pero era su ciudad. Frías, con apenas trescientos habitantes, pero la que sentía suya, la única que consideraba especial. Era como si sintiese que seguía una ruta ya diseñada por alguien en el pasado, y sabía que, de alguna manera, así era. Como quien expone una obra maestra, Mateo señalaba cada atajo describiendo lo que significaba. Casi no podía creer que fuera él el que empuñaba esa espada y guiaba a sus paisanos por cada callejuela de su ciudad natal; acompañado del sonido de las gaitas afinándose y el tamborileo de los danzantes actuando en cada rincón de las calles. Los danzantes era su parte favorita. Vestidos con camisas blancas, fajas rojas y cintas que les caían de los hombros, se movían con una precisión que parecía magia. Saltaban, giraban, golpeaban los palos al ritmo de la música, y cada toque resonaba en las paredes como un latido antiguo. Mateo se quedó un rato mirándolos, fascinado. Uno de ellos, un muchacho joven, le guiñó un ojo mientras hacía un giro perfecto.

−Algún día bailarás con nosotros −le dijo−. O quizá nos regirás tú.

Él no sabía por qué utilizó ese “quizás”, si ya se sentía el dueño de la fiesta. Tenía muy clara su misión y por qué había pensado en ello tantas veces. Siguió caminando, mirando al frente, sintiendo que estaba haciendo algo bueno para los suyos, y reviviendo lo que en siglos anteriores habían hecho en la misma fecha cada año. Sabía que era un momento épico, típico de la ciudad, y estaba orgulloso de poder ser el protagonista de tal tradición. La gente vestía de rojo, todo el mundo muy bien conjuntado, mientras que recorrían los lugares con ilusión. Mateo no buscaba a su “Capitana”; su objetivo era otro. Caminó sin parar, hasta que al fin llegó al destino que deseaba. De pronto, un hombre de edad avanzada se le acercó y le preguntó por qué estaba ahí, cuando tenía que estar en su casa, durmiendo. No tenía edad para estar en aquel lugar, mucho menos con una “espada” de ese calibre en sus manos. Mateo no entendía nada de lo que le estaba diciendo. Él era el Capitán, el que más derechos tenía de estar ahí. De repente, se miró sus manos, así como la espada que sostenía, y seguía sin entender. Después, volvió a mirar a aquel hombre. Tratando de averiguar lo que estaba ocurriendo.

−¿Por qué quieres formar parte de esto?

Mateo no dudó un segundo.

−Porque quiero hacer feliz a los que me rodean, y en estas fiestas todo el mundo sonríe al Capitán. El Capitán consigue que la gente esté contenta. Me gusta saber que soy el anfitrión de esto y, de alguna manera, el culpable de las sonrisas de mis vecinos.

El anciano quedó sorprendido por aquella respuesta. Se le acercó y, tratando de quitarle el arma que sostenía entre sus manos, Mateo se resistió a soltarla. Lo miró como suplicando que le dejara continuar y que le permitiera inaugurar las mejores fiestas que conocía. El hombre no tardó en entenderlo. Se echó a un lado, y dejó que se acercase a su verdadero objetivo, ese que tanto había deseado. Se puso frente a él y miró al anciano entregándole, ahora sí, la espada.

−Adelante. ¿Quieres intentarlo?

Mateo sintió algo muy especial y, sin dar crédito a lo que estaba a punto de ocurrir, se dispuso a hondear la bandera. Lo hizo con tantas ganas e ímpetu, que todo el vecindario rompió aquel silencio con aplausos y silbidos: estaban orgullosos de su nuevo Capitán. Mateo observó a su alrededor, era mucho mejor de lo que habría podido imaginar. Simbolizaba para él toda la lucha que sus antepasados llevaron a cabo con honor y orgullo. Era amor por su tierra y por la historia que existía detrás de aquel símbolo.

Cuando terminó, el anciano le revolvió el pelo.

−Recuerda esto, Mateo: un Capitán no es quien hondea mejor la bandera, es quien lo hace con el corazón y por su gente. Ahora quizás es pronto, pero mantén esa sensibilidad y no la pierdas. Frías estará orgullosa de tener algún día a alguien como tú de Capitán.

Él no pronunció una palabra, seguía sin comprender por qué hablaba en futuro. Él ya era el Capitán. Levantó la vista hacia el castillo y la torre del homenaje brillaba como si estuviera hecha de plata. La luna era testigo de las mejores fiestas de la ciudad. Las murallas proyectaban sombras largas que parecían guardianes antiguos. El puente medieval, allá abajo, reflejaba la luz del satélite como un arco de cristal.

Frías entera parecía viva.

Mateo quiso volver a hondear la bandera, pero sintió algo que hizo que lo paralizara. No entendía qué ocurría, pero era como si estuviera perdiendo las fuerzas y necesitara descansar. El sueño le vencía y se rindió ante aquella conmoción. Buscó al anciano y había desaparecido entre la gente, igual que sus vecinos. De pronto, la música y la fiesta parecían desvanecerse muy despacio. Era como si toda aquella imagen se difuminara ante él, sin poder evitarlo.

Cuando abrió los ojos, estaba de vuelta en su habitación. Se miró las manos y pertenecían a las de un chico de ocho años; la edad que tenía. Solo era un niño. Un crío de ocho años que había soñado con pertenecer a aquel evento mágico.

Le decepcionó darse cuenta de que la vida volvía a ser la misma. Su madre no tardaría en llamarlo para ir a misa y, después, era consciente de que sería otro hombre el que caminaría por las calles para hondear la bandera. Quizás sin la espada que él había imaginado sostener en sus manos. Pero otro Capitán al que los vecinos iban a admirar y aclamar, como le habían aplaudido a él hacía unas horas; aunque solo hubiera sido en sus sueños. Algún día, tal vez, podría ser él quien vestiría de rojo y haría sonreír a sus vecinos. Tal y como le dijo el anciano en su fantasía. Ese era su deseo: sentir que los que le rodeaban eran felices al sentir su presencia. Y tendría el poder para lograrlo. Estaba convencido de que algunos sueños nacen grandes, pero otros solo pueden surgir y hacerse realidad bajo la luz de la luna de Frías.


  ¿Qué os ha parecido? Espero vuestros comentarios.

  Por hoy me despido. Gracias por estar ahí.

  Hasta el martes que viene. ¡Feliz semana!

 

PD: Nunca dejéis de soñar.

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