¡Hola! ¿Cómo estáis?
Hoy quiero compartir con vosotros un nuevo relato, titulado: "La decisión de Josefa". Lo escribí para la
Sección “Cartografía en la sombra” del Diario de Teruel. Hacía dos años que no habilitaban este tipo de contenido (en aquella ocasión se llamaba "Espejo de tinta" pero tenía el mismo fin) y cuando me preguntaron si quería volver a colaborar
no me lo pensé -tal y como hice en 2023, que lo subí también al blog
(si pincháis os llevará al relato que envié entonces, al que hago referencia, titulado: “El reflejo
en el agua”)
Nos exigían un tema muy concreto del que hablar: “el eclipse” (qué
raro, jeje…) Y la imagen, esta vez, la hice yo con la IA -en aquel año la
facilitaba la Sociedad
Fotográfica Turolense y el relato tenía que estar inspirado en ella-.
Me lo publicaron hace unos días y la verdad es que me hizo mucha ilusión, por eso quiero compartirlo con vosotros. Deseo que os guste:
LA DECISIÓN DE JOSEFA:
Todos estaban ilusionados con el eclipse. Era casi una fiesta. Pero para
Josefa significaba algo muy distinto. Desde 1959 no había vuelto a tener esa
sensación: una mezcla de temor y nostalgia. Vivía con su hija y sus nietos, y
había cumplido ochenta y siete años. La misma edad que tenía entonces; la
primera vez que vivió un eclipse como aquel. Sabía que, si se exponía a esa penumbra,
su destino podía cambiar de nuevo. La gente decía que aquel fenómeno era único
y, en cierto modo, tenían razón.
Se lo habían explicado muy bien cuando ella
apenas tenía diez años, lo recordaba a la perfección. Estaba sentada a la mesa
de la cocina, junto a su madre. En el exterior, el sol caía sobre los campos y
el aire olía a trigo y a petricor. Pero, dentro de la vivienda, había un
silencio anómalo, expectante por lo que estaba a punto de pronunciarse en
aquella casa.
—Hija mía, hay algo que debes saber. Se trata de
un suceso que ocurre en ciertas generaciones a una edad determinada. Durante siglos
hemos mantenido el ritual, por eso deberás elegir. Es importante que seas
consciente de que esto cambiará tu vida.
Tras pronunciar aquellas palabras, le entregó
una caja cerrada con un candado. Después, le explicó lo que contenía. Enseguida
comprendió el significado.
En el eclipse de 1959, cuando ella cumpliese ochenta
y siete años, no debía presenciar aquel suceso si quería seguir siendo quien
era. De lo contrario, su efecto terminaría adueñándose de ella.
El dos de octubre de ese año, en el mismo
instante en que la luna cubrió al sol, Josefa, que entonces vivía sola y no
había tenido descendencia, tuvo claro qué hacer: decidió exponerse al eclipse
para seguir con la tradición que su madre le había contado. Mientras todos
disfrutaban de aquel espectáculo, ella fue percibiendo distintas sensaciones en
su cuerpo. Primero, sintió una presión en el pecho. A los pocos segundos, su
corazón comenzó a latir muy rápido; como nunca antes lo había hecho. Después,
volvió a palpitar lento; demasiado, quizás, para poder caminar. Sin embargo, al
finalizar el eclipse, aunque con dificultad, logró llegar a casa. Cuando cerró
la puerta, Josefa caminó hasta su habitación y se tumbó en la cama, sintiendo
cómo el sueño le vencía. Dos horas después, al abrir los ojos, se había
convertido en una jovencita de veinte años.
Su madre le había dejado las instrucciones
precisas para conseguir una identidad nueva, desaparecer sin dejar rastro y, lo
más importante, empezar de cero sin que nadie sospechara. Y lo hizo. Se transformó
en otra persona y se marchó a vivir a una nueva ciudad.
Ahora,
en 2026, la historia se repetía. De nuevo, tenía ochenta y siete años. La edad
de la decisión. Y el eclipse estaba a punto de llegar. Pero esta vez era
distinto, porque sí tenía hijos, incluso nietos. Y sabía que, si se exponía de
nuevo, volvería a tener veinte años. Entonces, se vería obligada a desaparecer.
Otra vez. Y, al hacerlo, mantendría el ritual.
Aquel
día amaneció extraño. El clima se concebía distinto, como si no perteneciera al
verano. Los hijos de Josefa ya habían cogido sitio para todos. De hecho, estaba
reservado desde hacía meses. Existían varios puntos desde donde verían muy bien
el espectáculo celeste, y no querían perdérselo.
—Vamos,
mamá. El eclipse está a punto de empezar —decía Ana mientras abría la puerta
para que salieran sus hijos, al tiempo que se ponía la chaqueta.
—Adelantaos.
No tardaré.
Ana
miró a su madre con desconcierto, pero hizo lo que le pidió. Junto con sus
hijos, caminó hasta el lugar donde habían reservado el sitio para ver el esperado
acontecimiento. Josefa, desde la ventana, observó a su familia alejarse.
Había
llegado el momento de tomar una decisión.
Inspiró
hondo, miró al cielo y pidió perdón en silencio. Sin pensarlo más, cerró todas las
cortinas, fue a su dormitorio, bajó la persiana y se sentó en la cama. Era
consciente de que, si salía en el momento concreto del suceso, el proceso iba a
comenzar. Pero también sabía que, si lo evitaba, todo seguiría igual. A pesar
del eclipse que sucediese en 2027, ya no tendría la misma edad. Además, quién
sabe si estaría viva para entonces.
La
mayoría de la gente se reunía a las afueras del pueblo; pero también se
encontraban muchos vecinos en la plaza. Allí había música, comida y, sobre
todo, mucha emoción. El Ayuntamiento había repartido gafas especiales. Los
niños corrían de un lado a otro. Los adultos miraban hacia arriba esperando un
milagro. Ana llegó con sus hijos y pudo sentarse con ellos al lado de sus
hermanos. El tiempo apremiaba y Josefa seguía sin aparecer. La buscaba entre la
gente; pero no la veía.
Entonces
ocurrió. Primero, se sintió un aire frío; demasiado, tal vez, teniendo en
cuenta que era agosto. Después, un silencio sepulcral. A continuación, el cielo
parecía cambiar de color: un violeta íntimo, un gris metálico, un azul
profundo. La luz se volvió tenue, como si el mundo estuviera apagándose para
convertirse en otra cosa. La luna comenzó a avanzar despacio, hasta colocarse
delante del sol. El cielo se volvió de un negro penetrante, casi absoluto. La
corona solar brillaba alrededor de la luna; era un anillo blanco espectacular,
casi cobraba vida. La gente comenzó a aplaudir. Después, se escaparon lágrimas
y silbidos de felicidad. La alegría inundó cada rincón de las calles, y las
miradas fueron cómplices de algo muy especial. Ana, pese a disfrutar del momento,
seguía pensando en su madre. No se iba a presentar y, por alguna extraña razón,
ella lo sabía.
Un
minuto después, la luz regresó. El eclipse había terminado.
La
familia no tardó en regresar a casa, preocupada por si había pasado algo. Al
llegar, Ana vio a Josefa salir de su habitación:
—Mamá,
¿qué haces? ¡Te has perdido el eclipse!
—Bueno…
el año que viene tendré otra oportunidad.
Solo
ella conocía el significado de sus palabras. Su hija ignoraba por completo
aquel ritual; Josefa jamás fue capaz de explicárselo, pero ya no tendría que
hacerlo.
Había decidido quedarse.
¿Qué os ha parecido? Espero vuestras opiniones.
Dejo por aquí también el enlace al diario de Teruel:
https://www.diariodeteruel.es/cartografia-en-la-sombra/la-decision-de-josefa
Por hoy me despido. Gracias por estar ahí.
Hasta el martes que viene. ¡Feliz semana!
PD: Nunca dejéis de soñar.






